Mujeres del Siglo 21

¿De qué lado estás?

Seguro que más de una vez has platicado con alguien respecto a lo tortuoso, agotador o agobiante que ha sido un hecho que te acaba de suceder. Te escucha con atención, te retoalimenta un poco (lo cual es esperado) pero finaliza con las agrias palabras de: ¡te lo dije!, hubieras hecho esto o aquello, yo que tú…., ya sabes que así es esa persona, te lo advertí, etc.

¡Pum! ¿Pues de que lado estas? (piensas). Entonces yo estoy mal (piensas ya más enojadito). En ese momento quisieras darte la vuelta y no haber dicho nada. No acudiste a alguien ni por un regaño y mucho menos por una lección de vida ¿verdad?. Sólo querías desahogarte.

El interlocutor se bloquea y el locutor no sabe ni que hizo mal. Y es que en estas cuestiones ni la naturaleza nos tiende una manita. El género femenino tiende a escuchar y empatizar…. ¡pero por unas fracciones de segundo!, porque después sale el ego, la madre que casi todas traemos dentro y en algunos casos el lado defensor de las causas perdidas. El género masculino por su lado, saca su instinto desde lo más primitivo, donde el hombre de la caverna solucionaba todos los problemas de su cueva. Gruñidos más, gruñidos menos, palabras más, palabras menos, te soluciona las cosas. En el nivel anímico en que te encuentras lo último que necesitas en una entrevista con “Perfectionator”.

¿Dónde está el error? ¿Porqué algo tan cotidiano como comunicarnos no nos sale bien? Ya deberíamos ser expertos pues lo hacemos a diario ¿no?

Un día, mientras trataba de tener una comunicación efectiva con mi hija de 3 años, vine a esta maravilla del internet y salió el título de un libro llamado: “Como hablar para que los hijos escuchen”. Lo busqué y lo busqué y un tantito desesperada (y loca) empecé a leerlo a la media noche pero encontré algo muy interesante.

Decía (en resumen) que los niños hablan y escuchan sobre las bases de la confianza y que esa sólo se ganaba a través de la empatía. Si un niño te cuenta que en la escuela la maestra lo regañó por pegarle a un compañerito porque le rompió su lápiz y tu, acto seguido le dices que ojalá no te manden a llamar, que golpear es malo y que está castigado, esa será la primera y última vez que, de su propia boca, te enteres de lo que le sucede al niño.

El libro decía que lo primero que hay que decir es: yo en tu lugar, también me habría enfadado porque no me gustaría que alguien me rompiera mi lápiz preferido.

Paso número 1: Empatizar con el niño.
Paso 2: preguntarle al niño ¿porqué se siente así? (Incluso varias veces hasta encontrar la razón raíz).
Paso 3: una vez que empatizamos y que ya entendimos perfectamente el sentimiento que tiene el niño hacia el hecho, ahora si, podemos expresar nuestra opinión y rematar con un consejito. No antes.

Cuando pude sacar esas conclusiones del texto pensé que nuestro error viene desde la infancia. Esa infancia donde rara vez un recessions_survival_guide_kids_pm-thumb-270x270adulto realmente se detiene a entender los sentimientos del niño. Nuestro punto de partida es: yo soy el adulto, yo se que hay que hacer. Y lo hacemos, y a veces hasta nos damos el lujo de pensar: es que el peque no entiende.

Ahora traigo este razonamiento a la vida diaria y me doy cuenta que así actuamos muchas veces, entre amigos, entra padres e hijos (incluso hijos adultos), entre pareja (¡pum de nuevo¡) etc, etc, etc.

Paremos un poco nuestro instinto de aconsejar, resolver vidas, sacar el ego de: yo te puedo ayudar, y escuchemos primero, empaticemos primero y una vez que le demos a la otra persona el hermoso beneficio de sentirse comprendido, prosigamos como nuestra voluntad quiera.

Es rico el momento en el que piensas: ¡hey! No soy el único al que le hace enojar esto. No soy el único al que le han echo la trastada. Apaguemos por un momento el rayo “solutionator” del “Perfectionator” y pensemos: ¿de qué lado estoy?

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Escrito por Maru Sánchez

Mexicana de nacimiento, fiscalista de profesión, chef de corazón, mamá gallina de 2 princesas y esposa de un hombre muy peculiar. Un día descubrí que escribir es mi mejor forma de expresión. Amo lo sencillo y prefiero la verdad por sobre cualquier argumento. Disfruto de complacer a mis seres queridos con una buena comida y de los baños de tina. Estoy convencida de que el cambio se logra sumando un conjunto de pequeñas acciones y que esas acciones inician en la casa, con la familia. La vida me ha enseñado que el camino más corto a ser feliz es aceptarse y no criticar. Twitter: @MaduSanchez

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