Mujeres del Siglo 21

El efecto falda

faldasPor Isa Grisanti

 

Hay mañanas en que uno se pregunta: ¿Por qué no puedo ir al trabajo en mono/pijama? Días en que sientes que tienes que hacer un mayor esfuerzo en peinarte y maquillarte pero te da una flojera terrible.

Ayer, justamente me sentía así. La alarma sonó y toqué el “snooze”. A los diez minutos sonó otra vez y todavía no estaba preparada para levantarme de la cama. Me recordé a mí misma que debía usar mi excusa de enferma en una mejor oportunidad y me fui a bañar. Aunque el agua caliente relajó mis músculos, los ánimos no cambiaban. Luego, dada la falta de ropa limpia, decidí ponerme una falda.

Llegue a la oficina y ya en el ascensor me piropearon, incluso me preguntaron si hoy tenía algún evento especial. Y pensé: «Tampoco es para tanto». En la hora de almuerzo, fui a hacer una diligencia bancaria y mi pinta profesional ayudó a que la señorita encargada, quien no me recordaba de la semana pasada, me atendiera con mayor cordialidad y disposición. Me subió la moral salir victoriosa del trámite.

A las 6 pm me encontré en una reunión con aquel chico misterioso que conozco desde hace tiempo, pelo oscuro y bien vestido de camisa pero sin corbata. Al verlo pensé: «¿Cómo será besarlo?». Para mi sorpresa, me percaté que me vio entrar y sus pupilas se dilataron al verme, primero mi cara y luego mi falda. No me dice nada, excepto un hola. El momento pasó, pero sonríe con picardía porque por un instante lo cautivé. La falda fue el perfecto catalítico. Al hacerse tarde, me despedí de todos y surgió un momento al estilo de cualquier escena de Grey´s Anatomy. Me subí sola en ascensor y repentinamente apareció EL chico e ingresó también. Como buen caballero se ofrece a acompañarme hasta mi auto y al despedirme, saqué la valentía de pedirle prestado su teléfono. Mientras me veía, anote mi número y presione la tecla guardar, le devolví el aparato le di las gracias y al despedirme por segunda vez me robó un pico, un sutil beso que despertó todas mis neuronas. Sin decir ninguna palabra, me reí sola y me monté en mi carro. Orgullosa de mi valentía y contenta de la ayudadita que me dio ponerme la falda.

En aquellos días de muy poco ánimo, es preciso ponerse una falda. Uno se olvida de su súper poder. La feminidad resalta y sus ventajas se desenvuelven por sí solas. Uno se siente distinto, brioso. Mucho puede pasar en el trascurso de una semana laboral, y para una mujer urbana una falda puede ser una herramienta más que utilizar.

 

 

Isabella Grisanti

@IsaGris

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Escrito por Isabella Grisanti

Me gusta escribir ficción en primera persona. Soy galla ("geek"), romántica y payasa. Como buena latina, tiendo a subir el tono de voz sin darme cuenta. Mafalda de corazón.

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