Mujeres del Siglo 21

De las racionalizaciones y las calorías

caricatura racionalizar torta
Si hay una cruz que me ha tocado cargar en mi vida es la de los kilos demás. Y no es que yo la cargue, es que ella me persigue. No importa si yo le huyo, si me meto debajo de una cama o me oculto detrás de una columna gruesa a ver si sigue de largo, ella me tiene un dispositivo GPS  en la planta del pie derecho, que estoy convencida me puso una noche mientras dormía. La odio.

Y no es un tema de ser curvaceous  (traduzcámoslo infelizmente como voluptuosa), porque uno puede tener curvas sin sobrepeso, es que soy esclava de mis propias racionalizaciones. Verán, según la Real Academia Española racionalizar es «reducir a normas o conceptos racionales», o lo que es lo mismo, tomar un axioma y construir sobre él una serie de argumentos transitivos que te lleven a un resultado consistente. El problema está en que esa lógica está concebida para las matemáticas, y no para los debates mentales entre mi «Yo gordita» y mi «Yo quiero estar flaca», porque terminan pasando cosas como esta: Si uno piensa en lo grande que es el planeta Tierra, y cómo ella es apenas una fracción del sol, que a su vez es una peca dentro del universo, es fácil racionalizar comerse una torta entera.

A ver, mi «Yo gordita» siempre lleva la ventaja porque es simpática y relajada, es miope en lo que a tiempo y consecuencias se refiere, conoce los hilos de mis instintos y sabe muy bien cómo halarlos con apenas un guiño. Ella se hizo mejor amiga de lo que Daniel Kahneman llama mi «Yo experimentador», esa sección del cerebro que toma decisiones basadas en el presente. «Yo quiero estar flaca», la galla del asunto, queda en la penumbra frente a la efervescencia de su archi-enemiga.

Mi «Yo gordita» me convence de que como ya perdí el peso que quería me puedo relajar, de que ya no estoy a dieta. Ella me persuade para que me coma un pedacito –ok, un pedazote- de la torta de profiteroles a las 10:30 de la noche de un martes mientras mi «Yo quiero estar flaca» me susurra al oído que los profiteroles son bolitas de culpa achocolatadas. Mi «Yo gordita» me convence cada mañana de comprar un café con leche completa, a lo que mi «Yo quiero estar flaca» me contesta que por lo menos haga el show de la Splenda. Tan es así que mi «Yo gordita» se inventó un manual para aprender a fallar en hacer dietas.

Pero ciertamente basta que me descuide un par de semanas para que los pantalones me den un jalón de orejas y me digan que ya llegó la señora Cruz de nuevo, que tocó la puerta y me está esperando.

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Escrito por Amanda Quintero

Economista y escritora. Enamorada de lo público y de pensar en cómo hacer del mundo un lugar mejor. Runner. Twitter: @AmandaIsabel87

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