Mujeres del Siglo 21

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Mi abuela es mi pimp

cool grandmaPues la gripe se apoderó de mí. Yo (como cualquier otro ser humano) detesto enfermarme, porque casi nunca me pasa, o al menos no hasta el punto de estar echada en una cama. Eso me retrasa con todo en la vida, y por eso es que no había posteado.

No sólo me atrasó con esto, sino que, por supuesto, tengo cero ganas de sentarme en una silla a editar la boda de una feliz pareja que derrochó más en su cotillón que lo que hay en mi cuenta bancaria. Y, como yo soy una fanática fiel de la semiosis ilimitada (es decir, un signo da origen a otro signo. En cristiano: un recuerdo te lleva a otro, y éste a otro, y así), recordé que en uno de los videos que recientemente edité, hubo alguien que me llamó la atención.

La familia siempre se tiene que tomar fotos, y arman un escándalo para que venga la persona que falta, en un tono de voz que no le envidia nada a ninguno de los actores que hicieron el doblaje de “Pollitos en fuga”. Es una voz nasal, siempre es nasal.

El asunto es que, durante todo este despelote, la niña de las flores, incólume, con su coronita hecha de flores azules de plástico, toma a uno de los niños – del cortejo, también – y se le engarza al brazo como si ella fuese la siguiente al mando en el camino al altar.

Y entonces, pienso: “atrevida, la muchachita.” Y vino a mí otro recuerdo: cuando tenía unos seis o siete años, un niño que me gustaba (bien precoz yo, desde ya asumía que me gustaba un chamito de mi edad y no temía hacerlo evidente) cumplía años, y mi madre me llevó a comprarle su regalo. Terminé obsequiándole un oso con un corazón en la panza que decía “te quiero mucho” y un montón de chocolates. Mi madre patrocinó el evento con todo su orgullo, y me aplaudía la gracia. De hecho, fue ella la de la idea.

Yo fui, con mi frente bien en alto, y mi catwalk inocente, a darle su regalo en medio de un parque de diversiones. El pana siempre hacía las mejores fiestas. Me tomaron fotos con él en cuanta atracción se podía. Y luego, el infame se montó en el barco (de esos que se mueven pendularmente) con la catira del salón.

Apartando el despecho y los chocolates derretidos, yo tengo otra angustia: ¡¿Qué demonios pasó con esa jeva de siete años?! Primero, ¿dónde quedó mi valentía?; segundo, ¿en qué momento mi madre pasó de auspiciarme mis revolcones infantiles a preocuparse por mi castidad? Definitivamente eran tiempos felices.

Yo opino, propongo, y voy a redactar un proyecto de ley universal que decrete que uno no debe perder ese descaro, muy a pesar de que el pana siempre se vaya al barco con la catirita. Tal vez se deberían vetar los ositos con el “te quiero mucho”. Muy cursi.

Mujeres del siglo21Esa ley también debería prohibir el puritanismo femenino materno/paterno/fraterno/abuelístico y seguir patrocinando los arrebatos amorosos que uno tenga. Y seguir pagando los chocolates, y las cenas, y la compra de cualquier otro elemento de cortejo y posterior apareamiento. Porque eso de las flores y los chocolates de un solo lado, es como… es como de la época en que se comían brontosaurios para cenar.

Lo que rescato de todo este proceso de remembranzas es, precisamente, la magia de la semiosis ilimitada. Y es que mi abuela, bien chapada a la antigua (gocha, machista y fanática religiosa) me felicitó en estos días porque no pasé la noche en la casa. Me felicitó porque pasé la noche con un hombre (es casi una cita textual lo que escribo). Mi abuela me patrocina mis andanzas atrevidas – o lo que ella cree que son noches de pasión, en realidad la pasé en casa de uno de mis ochenta y cuatro mil amigos gay – y me recibe con bombos y platillos porque le parece súper indicado que su nieta menor, que no tiene predicciones de amores a corto plazo, la pase bien, aunque no sea nada legal.

Esa mujer se la pasa en campaña por mí. Ella se emociona cuando traigo un amigo a la casa. Ella es la que me compra el osito y los chocolates ahora.

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Escrito por Patricia Ramírez

Actriz en construcción. Alérgica al drama y protagonista del mismo. Tatuada, perforada y complicada enmascarada. Algo así como una comunicadora social que ejerce editando eventos sociales. Fiel creyente de la ironía y sarcasmo como medio de expresión. Conquistadora intelectual porque no pretende ser miss. Alérgica al tinte rubio. Me saco las cejas cuando me acuerdo y me quito la pintura de uñas cuando ya es demasiado insulto al criterio estético. Pero me baño todos los días y me veo linda. No llevo la ropa apretada por rendir honor al sentido común. Me encantan los tacones aunque no los use. No se me da bien eso del masoquismo corporal (al menos). Fiel creyente del poder de sanación del bolero, el rock argentino y la música española. Amante de los musicales en medidas obsesivo-esquizofrénicas. Fotógrafa intensa de viajes. Intento de locutora. Indefinible más allá del sentido del humor. Y hasta cuchi en madrugadas. Twitter: @Patmirez

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