Mujeres del Siglo 21

No soy una princesa, soy una persona

wonder woman tutuEl otro día escuché una frase que trazó una sonrisa indeleble sobre mi rostro, imposible de disimular.

Se trataba de una pequeña niña, de unos cinco o seis años, que saboreaba un helado de mantecado y fresa con la adorable torpeza que suelen tener los niños de su edad. Tenía trazos de la dulce crema en los cachetes y en los dedos, y creo que hasta en las puntas de sus trencitas. Entre bocado y bocado preguntaba qué era esto y por qué aquello, con la naturalidad de quién está descubriendo el mundo.

Entre tanta preguntadera se fijó que cada adulto había recibido un brazalete de color verde neón y ella no. Luego del minucioso cateo, la pequeña preguntó que por qué no le habían dado uno. Su papá tomó aire y suspiró, como para agarrar fuerzas y pensar en cómo evadir el potencial berrinche. Con calma y mucho cariño le dijo: «Es que a las princesas no les dan estos brazaletes feos porque se ensucian». La niña dejó caer la cuchara plástica hasta el fondo del vasito y lo miró perpleja. Pestañeó dos veces y erguida le contestó: «Pero yo no soy una princesa, soy una persona».

Yo que estaba disfrutando de su diminuta presencia desde hacía rato, no pude disimular la impresión que me causó su respuesta, y abriendo los ojos hasta donde la anatomía me permitió el atrevimiento, me tuve que morder los labios para no soltar la carcajada… «Es probablemente la mejor respuesta que he escuchado» –pensé.

La cara del padre valía oro. Se notaba en sus facciones que nunca olvidaría el momento. Torció la boca con un toque de resignación y le dijo: «Ah bueno, qué te parece si te regalo el mío más tarde. Es que los adultos debemos tenerlo puesto para entrar y salir, mientras que los niños no necesitan». La chiquilla accedió sin chistar y siguió disfrutando del helado.

El episodio me dejó pensando. No pude evitar hacer el paralelismo entre la escuela y la niñez.

En la escuela (y hasta la universidad) aprendemos modelos teóricos de cómo funcionan las cosas: que si así se ve un glóbulo rojo, que si así se ven la oferta y la demanda, que si así se ve una onda electromagnética. Luego, cuando dejamos los libros y nos enfrentamos a la realidad, nos damos cuenta de no todo es como lo decía el libro sino que había una idea muy general detrás de aquellas largas horas de estudio. A veces incluso nos damos cuenta de que la realidad no tiene nada que ver con lo que estudiamos, con frecuencia, porque esa teoría fue desarrollada para otro lugar u otro tiempo. Es entonces, cuando nos sentimos frustrados, engañados –quizás–, y apreciamos a aquellos profesores que trataron de hablarnos de esa cruda realidad que nos esperaba más allá de los pupitres.

Y se me hizo que no era nada diferente la situación de enseñanza de modelos de vida con los niños. Tenemos la costumbre de hablarles a los niños como si vivieran en un cuento de hadas del siglo XV. Les hablamos de monstruos, y princesas, y dragones, y reinas, y buenos, y malos, y toda esa pila de pendejadas que conocemos de memoria. En especial, esto es algo que nos marca mucho a las mujeres: la idea de que la princesa es el único personaje importante de la historia, que debe ser joven, flaca, bella y siempre arreglada de punta en blanco, que debe siempre conseguir al príncipe azul, encantador, o como quiera que se llame, que será perfecto, varonil, inteligente, valiente y millonario; que las madrastras son malas, que las brujas son viejas y no hay que hacer amistades con ellas. Todo esto sin querer se enraíza en la psiquis femenina desde muy temprano, y eventualmente la obligará lidiar traumáticamente con el choque de realidad. Gracias a Dios, muchas de estas cosas se han matizado en un esfuerzo sistémico y global por reducir la discriminación de género, tanto así que una pequeña de cinco o seis años es capaz de entender que no hay que ser una princesa para que te traten como a una persona, entendiendo que su acepción de persona era la de alguien digno de ser tratado con respecto.

Entonces ¿para qué aferrarse a estas ideas medievales cuando estamos viviendo lo mejor de la modernidad?

Los niños son más inteligentes y maduros de lo que uno piensa. Son capaces de entender lo que pasa si uno tiene la disposición de comunicárselos con la paciencia y sencillez que ellos requieren.

Sin dejar de tratarlos como las personitas especiales que son, y sin necesidad de disminuir la importancia de la femineidad y todas sus coqueterías, creo que los padres y madres de hoy tienen el reto de trascender estas explicaciones desfasadas. Y no me refiero solamente a la educación de las niñas, también me refiero a la de los niños, porque de nada sirve educar a las niñas en la idea de que no hay que ser princesa para ser persona, si los niños seguirán siendo educados en el viejo paradigma (sobre esto, ver el discurso de Emma Watson en la ONU #HeforShe).

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Escrito por Amanda Quintero

Economista y escritora. Enamorada de lo público y de pensar en cómo hacer del mundo un lugar mejor. Runner. Twitter: @AmandaIsabel87

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