Mujeres del Siglo 21

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A modo de desahogo

schermata-2014-01-04-alle-03-10-30Yo antes solía salir a la calle a cualquier hora. Antes caminaba con toda la confianza del mundo, sola, sin problemas. Tomaba cualquier medio de transporte público mientras me aislaba en la comodidad de mis audífonos, y escuchaba las canciones que le daban ritmo al videoclip que se armaba frente a mis ojos, mientras tenía que llegar a mi destino.

Yo antes era bien valiente, en ese sentido. Luego me fui del país por un rato, y seguí siendo más valiente todavía. Porque caminar por una autopista, a las 3:00 a.m. en completa soledad, con una temperatura  que no está ni cerca del cero, es de valientes. Y entonces viajé a París, y me pasó algo muy feo en el metro. Y me di cuenta de que ésta no es la ciudad que Amèlie me vendió, y me la pasé paranoica durante toda mi visita:

Llegué a eso de las 10 de la noche a la famosa ciudad de la luz. Me monté en el metro y después de unas cuantas estaciones un hombre bastante grande (dimensiones de nevera, básicamente), se sentó a mi lado. Pasado un rato, él decidió que mi pierna era un buen sitio para explorar, y comenzó a manosearme. Yo le pegué, le dije que dejara de hacerlo. Nadie en el vagón hizo nada. Y salí corriendo como pude.

Desde ese día tengo miedo.

Desde ese día perdí mucha de la fe que tenía en el otro. Porque se materializó uno de mis grandes miedos: el abuso físico. No pasó de ahí, y sin embargo me marcó, me marcó muchísimo. Porque su cara, su mirada, sus ojos, no pretendían detenerse en un simple roce. Porque quería más. Porque siguen existiendo los que creen que por cargar un pene y un par de testículos, son más que las que tenemos la dicha de no tener que tener ese colgante entre las piernas. Y yo no estaba vestida provocativamente, tenía mil quinientas capas de ropa, porque era invierno. Estaba despeinada y con la pinta de una latina que no se acostumbra al frío dentro de los huesos.

Esas cosas no le deberían pasar a nadie, pero yo soy de Caracas. Y a una caraqueña no la van a venir a joder en un país “civilizado”. Sin embargo, ese depravado pretendía forzarme a hacer algo que no quería. Esto, afortunadamente, nunca me ha pasado en mi país.

Y no quiero imaginar qué hubiese pasado si yo no lo hubiese mirado con mi cara de “tengo un ADN que proviene de Sarría. No te metas conmigo.”. Suena a poca cosa. Pero no lo fue para mí.

Siempre he sido muy miedosa, desde chama. Mi hermana se encaramaba en los árboles, y yo me la pasaba llorando. A veces me siento como un personaje de estos de Macondo. Uno de estos de tradición oral latinoamericana. A veces siento que nací con miedo, y que he aprendido a vivir a pesar de ellos. Y cuando volví a Venezuela, ya no pude salir sola a la calle. Ya me da miedo tomar el metro, la camionetica o ir a comprar pan sola, caminando. Claro, la inseguridad ayuda, pero antes era de las que se amarraba bien las enaguas y salía. Sola.

Para muchos soy una sifrina porque tomo taxis, a pesar de lo costosos que me salen, en lugar de tomar el metro. Pero es que cualquier metro me recuerda ese episodio. Y me asusto, me asusto mucho. Entonces prefiero ser sifrina. Y ya voy a tratar de solucionar este problema para mi bolsillo. Al menos pronto aprenderé a manejar (otro de mis grandes miedos, por demasiados choques del lado donde estaba sentada).

Al menos, ahora, seré una sifrina, pero al volante.

 

PD: Esto pasó hace 2 años, más o menos. Pero no sabía cómo sacarlo de mi sistema. No sabía cómo explicar que no es que sólo le tengo miedo a los malos de mi ciudad. Es que le tengo pánico a los malos del mundo, y no fue gracias a uno de mis compatriotas. Puede que, en comparación con otros casos de abuso, esto sea una tontería para otros. Pero cualquier abuso marca, de forma profunda, a quien lo sufre. Esto es un desahogo tardío. Esto es, simplemente, para hacer entender que el más mínimo gesto puede marcarte, y no debes dejar que llegue a más. Nunca. 

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Escrito por Patricia Ramírez

Actriz en construcción. Alérgica al drama y protagonista del mismo. Tatuada, perforada y complicada enmascarada. Algo así como una comunicadora social que ejerce editando eventos sociales. Fiel creyente de la ironía y sarcasmo como medio de expresión. Conquistadora intelectual porque no pretende ser miss. Alérgica al tinte rubio. Me saco las cejas cuando me acuerdo y me quito la pintura de uñas cuando ya es demasiado insulto al criterio estético. Pero me baño todos los días y me veo linda. No llevo la ropa apretada por rendir honor al sentido común. Me encantan los tacones aunque no los use. No se me da bien eso del masoquismo corporal (al menos). Fiel creyente del poder de sanación del bolero, el rock argentino y la música española. Amante de los musicales en medidas obsesivo-esquizofrénicas. Fotógrafa intensa de viajes. Intento de locutora. Indefinible más allá del sentido del humor. Y hasta cuchi en madrugadas. Twitter: @Patmirez

5 Comentarios
  • Me levanto, y aplaudo tu valentía por abrir tu corazón. Que el miedo no te detenga a vivir, y disfrutar de la vida.

  • Patricia Ramírez 27 January, 2014 a las 9:43 am

    Gracias, Carmely. En eso estamos, intentando enfrentar los miedos, o vivir a pesar de ellos. Y disfrutar un poquito más

  • ¡Miedo!

    Inumerables han sido las veces que he escuchado a la gente hablar sobre el de una manera, así, deliberada y tajante: “Sacudelo de tu vida”; “Avíentalo y dale una patada, pues no puedes vivir con miedo”…
    -Gracias, me limito a contestar…

    Quienes lo hemos sentido, en tu caso muy particular, aplica perfectamente aquello de: nadie sabe lo que trae en el morral más aquel que lo trae cargando. Así que, debemos limitarnos a escuchar-te/lee-te y con la distancia enviarte una bendición grande que llegue hasta ti para que ayude a aliviar un poco al fantasma (miedo) que intenta quitarte lo mejor de ti, tu vida.

    Me parece genial que hayas decidido escribir sobre ello “A modo de desahogo” Y si por tu camino te vuelves a encontrar con otro medio para desahogarte, no dudes en hacerlo y quítale peso a tu alma… ¡Es lo mejor!

    Un Abrazo!

  • Cuando era chica, mi abuela siempre me aterrorizó con cuentos sobre abusos porque ella veía que yo era demasiado osada y pensó que eso me traería problemas en el futuro.
    Cuando fui creciendo y me di cuenta que las personas ya no me veían como una niña, sino como una mujer, quien se le desarrollaba el cuerpo y a quien le tiraban piropos en la calle, me entró el miedo y la paranoia, pues recordaba los relatos de mi abuela y los miedo que me había infundado para protegerme. Estuve (y estoy todavía) paranoica de ser abusada, pero eso no me a impedido el ser quien soy y me di cuenta, a lo largo de mi corta vida, que no estoy sola, pues la mayoría de mis amigos y amigas sienten lo mismo que yo, algunos han sufrido cosas desagradables, pero otros solo se sienten abrumados por el miedo.
    Pero son eso; miedos, y el miedo sirve para andar precavida por la vida, no es que te vayan a pasar cosas malas, pero cuando pasa, hay que saber como actuar.
    Cuando cumplí los trece años, unos tipos me persiguieron en un auto. Al principio yo no sabía lo que querían, pero cuando me cerraron el paso recordé los relatos de mi abuela y de las mujeres de mi familia, y empecé a correr como una loca, con la mochila en la espalda y gritando a un muchacho de la esquina que me ayudara. Es probable que las personas del auto hallan querido preguntarme una dirección o se habían equivocado de calle, eso nunca lo sabré, pero aún así se que actué de la manera correcta, aún cuando meses después seguía rondando en mi cabeza lo que me hubiera pasado si no hubiera actuado de ese modo, y cuando salí de la paranoia ocasionada por ese hecho, me di cuenta que era mi imaginación la que me estaba haciendo pasar ratos ¿Qué sentido tenía imaginarme el qué me hubiera pasado, si evité que me sucediera en primer lugar? ya había pasado, si, es traumático y sirve como lección que te dice que hay personas malas en el mundo. A todos nos sucede alguna vez, a hombres y mujeres.
    Me siguieron pasando ese tipo de hechos, y la mayoría eran malentendidos, pero cuando un auto se me acercaba, no actuaba aterrorizada, formaba una estrategia en mi cabeza, neutralizando mi miedo y enfrentando los hechos para salvarme.
    El miedo no es malo y uno no debería sentir vergüenza de ello; el miedo te protege y te previene.
    Hace un tiempo leí en un sitio web un relato sobre un alumno que le narraba a su maestra el miedo que había sentido cuando estaba en un taxi con un homosexual y se había cortado la luz de este. El muchacho no debía tener más de 15 años y el hombre a su lado era mucho mayor que él. La maestra le explicó que el chico había sentido miedo pues había estado en una situación en la una persona más fuerte que él pudo haberle hecho daño de manera sexual. Se sintió vulnerable ante esa situación, y le explico, junto con las alumnas, que las mujeres sienten ese miedo todo el tiempo. Increiblemente, los muchachos de la clase se mostraron realmente sorprendido de ese hecho, pues ellos no se imaginaban sentir ese miedo toda la vida, mientras que lo que algunos pensaban era el “sexo debil” lo sentía y vivía con ello siempre, y no era solo eso, se dieron cuenta de sopetón de que ellos también viven con ese miedo, pues en esta sociedad de todo pasa y todo es posible.
    La maestra les dio una importante lección, pues les dijo que ellos deben tratar con respeto a una mujer, pues generalmente los hombres no suelen pensar de la manera que pensamos nosotras, para ellos un piropo es algo simple, para nosotras puede ser acoso sexual. Ellos se mostraron realmente perturbados, porque es probable que más de alguno en su adolescencia habría hecho algún acto de ese tipo. Cuando te pones en el lugar del otro, es algo fuerte.
    Cuando tu dijiste que apartaste la mano del hombre de tu pierna, es una imagen que siempre llevo conmigo en la cabeza cuando me subo al bus, pues es lo que estoy segura voy a hacer, eso si no me paralizo. Tu respetas tu cuerpo y si, es asqueroso cuando alguien se propasa contigo. Pero tu te hiciste respetar, no hay un después, no hay un “que hubiera pasado si…”, tu te hiciste respetar y eso es lo que vale.
    Un amigo mio quedó traumado en su adolescencia cuando una muchacha mayor que él trató de forzarlo a tener relaciones, el era hombre y tuvo miedo, pero a pesar de su edad supo como enfrentarse a ella y hacerse respetar. Uno no debe sentir verguenza de ello.
    Ese tipo de hombres (y mujeres también) pueden meternos mucho cuco, pero uno tiene que saber como actuar. Es probable que ese hombre se pase el tiempo haciéndole eso a mujeres y es muy probable que algunas le dejen pasar y lo tomen como un juego. Y uno tiene que hacerle entender que uno está por encima de ello y que no va a seguirle el juego.
    Hay que andar libre por la vida, pero siempre precavida.

  • Haydee, muchas gracias por tus palabras. Este post no pretende otra cosa más que sacar del sistema esa experiencia (aunque siempre permanece) para enfrentar, en la medida de lo posible, el miedo que me ocasionó. Bien recibido sea el abrazo que me envías.

    Gabriela. Gracias por tomarte el tiempo de escribir tan extensas palabras a causa de esta publicación. Entiendo a lo que te refieres con vivir paranoica, básicamente porque soy de Caracas, y en esta ciudad nos inyectan la paranoia en el ADN (y no necesariamente son nuestros familiares quienes lo hacen, sino la realidad, la rutina). Desafortunadamente, yo no imaginé lo que me pasó. Es decir, no fue que malinterpreté la mirada de ese ser, sino que en efecto hubo un forcejeo, y como dices, hice lo que pude para defenderme. Todavía intento superar muchos de mis miedos, y esa precaución de la que hablas, en mi caso, creo que es excesiva, pero estoy trabajando en ello. Me parece interesante la acotación que haces con respecto al miedo que también pueden sentir los hombres una vez que hacen conciencia que pueden ser víctimas de abuso, porque todos estamos sujetos a eso, pero me confunde un poco el relato web que leíste. En todo caso, gracias por tus palabras y por reafirmar mi posición en cuanto a defensa se refiere. En el momento en que aquello ocurrió, no sentí que estaba defendiendo mi cuerpo, sentí que estaba huyendo del peligro, y reaccioné desde el absoluto temor. Pero sí, en el fondo, había una defensa absoluta por la seguridad de lo único que sé es mío. Muchas gracias por tomarte el tiempo de escribir.

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