Mujeres del Siglo 21

La complicada relación de una mujer y sus tacones

Siempre escuchamos que «los tacones debieron ser inventados por un hombre», que se inventaron sin consideraciones de practicidad alguna. Sin embargo, son todo un éxito.

Comienza la segunda década del siglo 21 y el tacón de aguja con plataforma se vende como merengada adelgazante, se envidia como una dieta efectiva. Y es en medio de esta corriente paradójica en la que el género femenino intenta darse un aire «liberado» que me he sentado a reflexionar sobre el asunto; les expondré mis resultados de una manera… ilustrativa. Espero simpatice.

Para estudiar el fenómeno feminus in taconis decidí hacer un cuestionamiento de pros y contras, y la verdad es que observé que los tacones tienen muchísimos contras, pero existe un componente «pro» que pesa lo suficiente como para justificar de la manera más racional posible que tantas mujeres nos sometamos, con más o menos, frecuencia al calvario que implica el uso de nuestros puntiagudos amigos.

El tacón de oficina que hace que todas las féminas desvíen  la mirada de sus escritorios a tus pies nos trae frecuentes dolores que pueden empeorar. Aun así, no importa a cuántas patologías nos expongamos, si estudiamos la felicidad o infelicidad que nos produce cada una de las siguientes categorías es muy claro el resultado:

Claramente, usaremos los tacones «de diaro»

 

Y no se queda en las potenciales patologías que podamos desarrollar, también están los tacones de reunión con tus amigas que no tienen otro propósito que el escuchar la repetida frase:  «¡Marica, están arrechísimos!», sin importar cuán incómodos sean. Las deficiencias en la facilidad de traslado son significativas hasta en la más experta caminadora de las alturas. No obstante, extendiendo el resultado de la comparación de la felicidad y infelicidad obtenida se observan los siguientes efectos:

Por supuesto que nos pondremos los tacones

 

No pude evitar indagar en el lado económico de la cosa, y aquí vienen los favoritos de todas: los tacones de rumba. Los tacones de rumba tienen la particularidad de que una se los pone y comienza a escuchar la canción de LMFAO (I’m sexy and I know it) su cabeza. Objetivamente, en relación a cualquier otro potencial gasto, la compra de «tacones de rumba» tiene un peso importante sobre nuestras billeteras, en especial, sobre el plástico en nuestras billeteras. Aún así se derivan las siguientes derivaciones:

Obviamente que nos pondremos los tacones

 

Y finalmente, los tacones de primera cita. Una no sabe lo que puede pasar en una primera cita, nunca se puede dejar de considerar la contingencia, los tacones –los cuchis/hot- son sumamente imprácticos a la hora de correr en una emergencia. Pese a esto, pude extender el análisis de los impactos sobre nuestra felicidad entaconada en:

¿Quién no se pondría los tacones?

 

En conclusión, los tacones no son sólo un accesorio más en nuestro closet, los tacones son un ego-boost infalible. Qué importa un dolorcito al llegar a la casa, o caminar en los talones después de una rumba; o las várices que aún están demasiado lejos –o no- y ¿cuál es la probabilidad de que hoy haya un incendio en el edificio en el restaurante de la primera cita? Lo cierto es que nos encanta sentirnos sexis, que nuestras amigas nos digan que somos unas pasadas por comprar esos zapatos y sobre todo a las recoge tomates nos encantan unos centímetros demás.

 

Los tacones, otro de los complejos episodios de ser una mujer en el siglo 21.

Escrito por Amanda Quintero

Economista y escritora por accidente. Intensa. Curiosa por naturaleza y con ínfulas de viajera. Amo una buena carcajada, una historia que me haga llorar, una canción pegajosa. Simétrica. Disfruto infinitamente de la cotidianidad sencilla, interrumpida por lo novedoso.Trabajo por convicción. Incurable enamorada de lo público, de los sabores fuertes y de poder decir lo que se me antoje. Twitter: @AmandaIsabel87

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